Punitivismo, antipunitivismo, Dani Alves y olvidar lo importante

Punitivismo y antipunitivismo y otro caso mediático, el de Dani Alves, que nos hace enfocarnos en la duración de las penas. ¿Cuándo vamos a aprender?

La ciencia no es opinable (salvo para los científicos)

La ciencia mola mucho porque trata constantemente de darse y quitarse la razón a sí misma, y, en ese afán, descubre cosas muy útiles que necesitamos saber. La opinión, en cambio, solo intenta demostrar que tiene razón todo el rato y, salvo que se base en hallazgos científicos o hechos contrastables, nos hace entrar en un mundo mucho más difícil de iluminar: el de las ideas y los sentimientos. La criminología es una ciencia, pero, al contrario de lo que pasa con, por ejemplo, la química, todo el mundo tiene una opinión y sabe un montón de cosas al respecto. O eso creen.

Vox populi criminológico

Todo el mundo sabe que los violadores nunca se reinsertan, que todos los psicópatas son violentos, que las condenas más largas son más efectivas, que una auténtica víctima de violación se encerrará en su casa muy apenada tras el ataque y se vestirá de monja el resto de su vida, que todas las personas dedicadas a la política son corruptas, que la delincuencia se escoge libremente como modo de vida… Todo el mundo sabe, o más bien cree saber, una infinidad de cosas relacionadas con la delincuencia que parecen ser un cóctel perfecto creado a partir de mezclar, a partes iguales, una medida de novela negra, una medida de prejuicios variados, una medida de emotividad y una medida de morbo.

Ciencias inexactas, el sentido común de Paco y la teología

Evidentemente, las ciencias sociales no son exactas y admiten discusión, pero (y este es un gran pero) la discusión criminológica no puede entrar en debate con los prejuicios que tenga cada uno ni con la experiencia personal de Paco, cuyo cuñado le contó que un amigo de su primo… Tampoco se puede entrar en controversias teológicas acerca del bien y el mal, porque eso forma parte de un campo de estudio distinto: el de la fe. Las personas que nos dedicamos a la criminología debemos dejar a un lado las emociones y la moral para analizar la delincuencia como los profesionales de la medicina analizan la enfermedad. Es decir, se pueden contemplar las causas, pero no hacer juicios personales. ¿Alguien se imagina a un oncólogo diciéndole a su paciente que tiene el cáncer de colon que se merece por no haber comido suficiente fibra? Ese tampoco es el papel de la criminología.

Populismo punitivo

Sería un tremendo error por parte de la disciplina criminológica que se esforzase en respaldar, de forma sistemática, todo aquello que dé por bueno el derecho penal. Sobre todo porque, entre otras razones, la crítica social (a todos los niveles) es imprescindible para la criminología, que recoge entre sus objetivos mejorar la sociedad y la vida de las personas y buscar y combatir las causas de la desigualdad social que generan delincuencia. Desgraciadamente, no podemos decir lo mismo del derecho penal, que, a veces, parece más orientado al rentable populismo punitivo que a la justicia. Hay que pensar en lo adecuado que resulta que las condenas sean cada vez más extensas, en que seamos cada vez más punitivistas. En serio, el populismo punitivo es un caramelo para los políticos y para los medios de comunicación. El ser humano necesita sentir que tiene cierto control sobre los acontecimientos porque la sensación de incertidumbre nos causa una gran ansiedad y, por lo tanto, poder controlar algo, aunque sea la certeza de que alguien a quien despreciamos pagará por lo que ha hecho, nos resulta embaucador. Si tenemos una sociedad que se siente insegura (a pesar de que España es uno de los países más seguros del mundo) y además está cada día más polarizada y asustada gracias a la amenaza constante de las sucesivas crisis económicas, medioambientales, migratorias, las guerras, el aceite de oliva, la luz, la sequía y miles de cosas más que pueden generar cierta desazón en el español medio, una forma de facilitar un poco la cohesión social es, por lo visto, uniéndonos para ejercer una auténtica venganza social sobre un tercero que nos resulte despreciable. Imaginemos por un momento que el derecho penal, la política y los medios forman aquí el trío poliamoroso perfecto, porque, mientras unos captan nuestra atención morbosa contándonos los delitos más cruentos de una forma casi novelesca y obteniendo así un magnífico share, otros consiguen crear leyes penales que contentan a un amplio porcentaje de la población de distintas ideologías, pero que concibe la justicia penal como un acto debido de reparación basado en el ojo por ojo. Unos nos presentan al malvado villano y a la pobre víctima (a veces, según el medio, es el pobre villano y la malvada víctima) y otros son el héroe que atrapa y castiga y nos devuelve la fe en que el bien ganará. Todo sale redondo…, si viviésemos en una película de Marvel.

El señor medieval que llevamos dentro

Da igual si vivimos en un momento histórico en el que una IA podría haber escrito este post, en el que hay coches eléctricos (aunque aún no vuelen) o en el que el telescopio James Webb es capaz de observar objetos que están en el espacio a millones de años luz. Da igual todo porque lo que de verdad nos mola es que los malos, más aún si son pobres, sean castigados. Nos va el punitivismo, no lo podemos disimular. En España tenemos en la Constitución un artículo precioso: el 25. 2, que asegura que Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. Vale, no es un verso de Alfonsina Estorni, pero tiene un fondo hermoso e implica muchas cosas buenas para la sociedad. Una de ellas es que, al estar en la Constitución, todas las leyes penales y políticas penitenciarias deben estar sujetas a este artículo. Deben, pero es mentira. Solo están disimulando, como cuando añaden «revisable» a lo de «permanente» y nos lo tenemos que comer con patatas. Y nadie protesta porque el señor medieval que habita en nuestro interior levanta su antorcha llameante y nos grita ¡muerte al monstruo!

Dani Alves y la ley del solo sí es sí

Con la llamativa sentencia de un proceso que ha dado mucho disfrute tanto a los medios como a los adictos al suceso, vemos que, de nuevo, la sociedad española está partida en bandos con posiciones irreconciliables. Unos quieren demostrar que esta ley, que dejó a muchos agresores sexuales en la calle, es, en realidad, un dechado de virtudes. Quieren destacar que el solo sí es sí ha conseguido que no se cuestione a la víctima (incluso, cuando el investigado era Dani Alves y no Ramón Heredia) y que por fin se ha puesto el foco en el consentimiento. Esos jueces, a los que acusaban de machistas, finalmente, han sido poseídos por el espíritu morado y han sabido aplicar bien la ley y ya todo es una maravilla y el aire huele a algodón de azúcar y a felicidad. Otros, no tan encantados con la sentencia, se lamentan por que solo le hayan caído cuatro años a pesar de que ha quedado comprobada la violación, se lamentan también por que se haya apreciado como atenuante de reparación del daño el pago de la indemnización. Creen que así no se repara nada porque un pago no refleja tanto el verdadero arrepentimiento como el verdadero poder adquisitivo que maneja Dani Alves y que la inmensa mayoría de los delincuentes sexuales condenados no puede permitirse (recordemos que, el violador no ha reconocido los hechos y ha tildado a la víctima de mentirosa una y otra vez). Para colmo, sale de la cárcel al poco de la celebración del juicio dejando una fianza de un millón de euros. Dinero que muy pocas personas verán en toda su vida. Los jueces son unos vendidos, la justicia no es igual para todos, el antipunitivismo de Podemos y del PSOE es deleznable y todo huele a cloaca muy sucia y a tristeza.

¿Qué es lo que no estamos viendo?

Pues que da igual. Ambas posturas tienen puntos fuertes y débiles en sus argumentos, pero, para nosotras, está claro que el foco no está donde debe estar. Como decíamos antes, las cárceles en España son un desastre. Evidentemente, no se parecen a una de Filipinas o de Brasil, pero han perdido su vocación reformadora, su inspiración constitucional, y solo son lugares en los que ingresar personas a plazo fijo, pero sin que produzcan ningún interés. Creer que la justicia y la venganza son sinónimos es tener al señor medieval subido de decibelios. Vamos a bajarle el volumen por un rato y a analizar las cosas desde una perspectiva más científica: Los estudios criminológicos y los realizados desde el ámbito de la psicología han demostrado, sobradamente, que un internamiento prolongado en prisión produce trastornos mentales que se agravan según se alargan las condenas. Por otra parte, las investigaciones también han demostrado que las condenas muy cortas solo sirven para desocializar al condenado y aumentar su frustración al tiempo que aumenta el riesgo de contagio criminal por el contacto con otros reclusos. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Queremos que un Dani Alves rico y muy trastornado salga de prisión dentro de 15 años? ¿Queremos que un Dani Alves rico y orgulloso esté fuera de la cárcel pensando que su dinero abarata las violaciones? ¿Y si en lugar de hacer conjeturas o llenarnos de rencor empezamos a pedir lo que es lógico? Lo que es lógico es que se cumpla el 25. 2 y que las cárceles reinserten a los presos. No se trata de castigar, sino de reeducar. No importa si Dani Alves se queda fuera con su millón retenido como fianza riéndose de los pringaos que siguen entre muros por no poder pagar. No importa si se recurre la sentencia y, tras volver a entrar en prisión, sale tres meses después o dentro de diez años, lo que sí importa es que, cuando salga, tenga clarísimo que violar a una mujer o violentarla de cualquier otra manera es deleznable y que jamás se le vuelva a ocurrir hacer nada semejante. Si las cárceles estuvieran haciendo su trabajo, Dani Alves saldría (cuando le toque) reinsertado y reeducado. Y si la justicia no fuera el reflejo de una sociedad clasista, jamás permitiría que se entendiera como atenuante de reparación del daño poner un pastizal en una cuenta mientras llamas mentirosa a la víctima.

La carta a los Reyes Magos

Tendríamos que exigir que las prisiones no sean lugares opacos donde esconder las vergüenzas de la sociedad, sino lugares que cumplan con el mandato constitucional; exigir a los medios de comunicación que no hagan atribuciones de culpa solo sobre las personas, sino que entiendan y exploren también las circunstancias y situaciones sociales que conducen al delito y que dejen las condenas públicas con las que envenenan a sus espectadores, oyentes y lectores para los juicios orales en los juzgados; y exigir a nuestros políticos que se dejen de hacer campaña con el sufrimiento ajeno y con el miedo y que se centren en crear políticas que realmente proporcionen seguridad a la ciudadanía. Nuestros legisladores deben cambiar las políticas penitenciarias para que lo que llaman «tratamiento para agresores sexuales» no consista en un cursito no obligatorio de año y medio, sin perspectiva feminista, en el que se junta a agresores de adultas y a pederastas para hablar en terapia grupal de sus movidas. Porque una cosa sí querríamos poner sobre la mesa: cuando nuestras leyes dicen que la cárcel debe reinsertar y reeducar y un preso sale de prisión y viola y estrangula a una mujer, pensemos, ¿de quién es la culpa?, ¿quién no ha hecho su trabajo?  

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