¿Qué es la cultura de la violación? 

El 24 de mayo murió Susan Brownmiller y qué menos que recordar lo que fue una de sus grandes aportaciones: la cultura de la violación.

CULTURA DE LA VIOLACIÓN

Origen del término

El término se origina dentro del movimiento feminista radical estadounidense de la década de 1970 y se populariza en 1975 por una de sus representantes, Susan Brownmiller, en el libro Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación. Esta obra, que fue un éxito de ventas, permitió que muchas mujeres reconocieran y pudieran poner nombre a los abusos y agresiones que estaban sufriendo y que eran normalizados o invisibilizados por la sociedad.

La cultura de la violación hace referencia al sistema que sustenta, tolera, normaliza, apoya e incluso romantiza la violencia sexual hacia las mujeres a través no solo de las narrativas culturales —cine, música, literatura—, los medios de comunicación o la pornografía, sino también de la estructura familiar patriarcal, el sistema sanitario, educativo o de justicia.

Unas gafas limpias

Quizá, el éxito del término resida en su capacidad explicativa, su capacidad para «limpiar el cristal». La cultura de la violación es uno de esos conceptos que, una vez que se conocen, permiten experimentar la maravilla momentánea de volver a mirar tras limpiar las gafas, después de una vida con ellas puestas cocinando callos grasientos en una cocina roñosa. Y sí, la maravilla de ver bien por primera vez es momentánea, porque, cuando pasa el deslumbramiento, se percibe mucho mejor toda la mugre que ensucia la cocina, y a nadie le gusta ver que vive en un pozo de mierda.

De pronto, con el cristal limpio, se percibe con facilidad lo que ocultaba la grasilla de las gafas: que la violencia sexual forma parte de un entramado gigantesco que, como apuntaba Brownmiller, no es una sucesión de casos aislados perpetrados por hombres enfermos, sino que es una importantísima herramienta patriarcal para expresar poder, control y la dominación del hombre sobre la mujer, y así perpetuar el statu quo. Ojalá los representantes parlamentarios que tanto se indignaron cuando la exministra de Igualdad, Irene Montero, nombró la cultura de la violación en el Congreso hayan experimentado la misma sensación de claridad mental tras darse cuenta de lo que se les estaba diciendo realmente.

Calma todo el mundo

Esto de la cultura de la violación no quiere decir que una sociedad apruebe explícitamente la violencia sexual, sino que la perpetúa de manera implícita mediante diferentes mecanismos más o menos dolosos, más o menos evidentes. Con el tiempo y una mayor conciencia social, los mecanismos se vuelven, en general, más sibilinos, más esquivos, pero siguen ahí.

La cultura de la violación se sirve de falsas creencias y lugares comunes acerca de las mujeres y de los hombres para minimizar la importancia de la violencia sexual y de sus consecuencias. El «no es para tanto», «no te lo tomes así», el bromear con la violencia sexual, quitarle hierro al acoso callejero o considerar que ciertas formas de acoso o abuso «no son tan graves» perpetúa un sistema en el que las víctimas no se atreven a denunciar y los agresores, en muchos casos, ni siquiera son conscientes de la gravedad de sus actos o del dolor que provocan.

Ni es natural ni es masculino; no hay excusas para violar

Se entiende como natural o se justifica que los hombres sean agresivos, bien sea por obra y gracia de la testosterona (nunca interesó tanto investigar algo a pesar de que, una y otra vez, se demuestre que el binomio testosterona y agresividad no tiene evidencia empírica), bien sea por poseer una mayor fuerza física o por designio divino.

Otra cosa interesante de la cultura de la violación es que trata de hacernos creer que el deseo sexual pertenece a los hombres. Ellos, por derecho propio, son el sujeto activo del placer y las mujeres, unas frígidas con jaquecas crónicas (porque repensar en la construcción patriarcal de las relaciones sexuales basadas en la penetración es mucho trabajo).

Es curioso cómo funciona la cultura y las piruetas que se hacen para justificar una cosa y la contraria y no sonrojarse en absoluto. Nos han contado que el hombre es el no va más de nuestra especie y del resto de ellas, la mejor creación del Altísimo o de la evolución, según se mire. Para la práctica totalidad de los pensadores, científicos, médicos, psiquiatras, psicólogos, políticos, filósofos y demás mentes privilegiadas que han tenido algo que decir a lo largo de nuestra historia y que han importado e importan en la cultura occidental, islámica, africana y oriental  (todos pertenecientes al gremio del sexo fuerte, por supuesto), el varón, siempre que esté sano y sea, a ser posible, de buena familia es capaz de alcanzar el culmen de la racionalidad, la voluntad y la más sublime inteligencia hasta que ve un escote o una minifalda y se transforma en un mandril salido incapaz de controlar sus impulsos.

No es como nos lo cuentan

Digamos que el imaginario popular en torno a las agresiones sexuales funciona como una forma de distorsión cognitiva en modo colmena o mente colectiva que busca de cualquier manera justificar lo que, en realidad, es insoportable reconocer.

Por lo tanto, si siendo una frágil mujer cometes la imprudencia de caminar por ciertas zonas a horas marcadas como peligrosas, vestida inadecuadamente para tu propia seguridad según tu cultura (puede que se te levante un poco la abaya al caminar y enseñes impúdicamente un tobillo) y, para más inri, habiendo ingerido alguna sustancia psicoactiva incluso de tipo legal, si te cruzas con un hombre y te viola, la sociedad aplicará una doctrina victimodogmática y, en resumen, te lo has buscado tú solita, Maricarmen.

El miedo es control

Por esto, que es una visión distorsionada, el cuento de Caperucita, mil veces contado, que no se ajusta a la realidad (porque, como ya os contamos, el lugar más inseguro para las mujeres está dentro de sus propias casas y no en calles desiertas), las mujeres tienen miedo de salir solas a la calle lo que, convenientemente, nos mantiene localizadas y controladas; encerradas en los establos donde debemos estar las que somos los medios de producción de esta especie tan poco amable a la que pertenecemos.

Y pobre de la que no luche hasta la muerte por defender su honra o no cierre bien las piernas. Otra de las herramientas de las que se vale la cultura de la violación es la de culpar a las víctimas cuestionándolas sin pudor hasta hacerles dudar de sí mismas. Algo que, obviamente, solo pasa en los delitos de etiología machista, porque jamás se ha visto preguntar en sede judicial a una víctima de robo si luchó por defender su cartera o si la llevaba en el bolsillo trasero con la intención de provocar el robo. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo en un bar si ayer te robaron en casa? Con el interrogatorio del juez Adolfo Carretero a Elisa Mouliaá tenemos un ejemplo tan reciente que no hace falta explicar mucho más.

Querida Justicia, ¿dónde te has metido?

El cuestionar sistemáticamente a las víctimas tiene consecuencias graves para ellas, como que revivan el trauma de forma revictimizante, que aumente su estrés postraumático o que no se atrevan a denunciar (presuntas víctimas las llaman en los medios que no saben o no quieren saber que los únicos que gozan del derecho a la presunción de inocencia son los presuntos autores). Que la sociedad perciba que hay impunidad para ejercer violencia sexual también tiene consecuencias. Una de ellas es alentar el delito; otra, la pérdida de confianza en el sistema de justicia. No es casualidad que las agresiones sexuales no dejen de aumentar (a pesar de que las denuncias también lo hacen) y que este siga siendo uno de los delitos con la cifra negra más alta.

#Metoo

Un estudio en el que participa la Universidad Complutense de Madrid, publicado recientemente en International Journal of Environmental Research and Public Health, realizado a partir de los datos de la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer que llevó a cabo el Ministerio de Igualdad en 2019, dice que un 44 % de las mujeres españolas mayores de 16 años ha sufrido violencia sexual de algún tipo, y es probable que este dato se quede muy corto porque, difícilmente, una sola mujer en este país (no digamos el 56 %) ha sido capaz de pasar por su vida sin haber recibido la atención innecesaria de un sobón de metro, de un piropeador profesional, del típico familiar mayor extrañamente cariñoso, del profesor de gimnasia abusador, del exhibicionista del barrio, de un novio insistente, de un amigo con la mano larga o de un violador sin más.

Son tantos los obstáculos que hay que esquivar que resulta impensable que ninguna mujer se pueda librar de todos ellos. Mas bien habría que hablar de una cifra inconsciente: el éxito rotundo de la cultura de la violación reside en que, salvo en los casos de extrema gravedad, las víctimas no saben que lo son.

Autora: Milena García Cañizal

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.