Las malas noticias: la culpa es de la madre

Las malas noticias: Hay que cuidar cómo se cuenta un suceso así porque puede hacer mucho daño y, porque si os pillamos, cae bronca.   Violencia vicaria

Este titular merecía más

Hay veces que elegimos un titular para la sección de Contenedor Amarillo y, según lo vamos analizando, nos damos cuenta de que la cosa es aún peor de lo que parecía en un principio. Es el caso de esta noticia y, por eso, creemos que, además de la reseña oportuna que promueva el reciclaje del amarillismo, merece un artículo especial para ella solita en nuestro blog.

Sit tibi terra levis, empatía

Maestras del Crimen les agradece la asistencia a las exequias y misa funeral en el tanatorio de Nuestra Señora del Perpetuo Hartazgo. Nuestro más sentido pésame por la pérdida de su empatía, sit tibi terra levis (que la tierra te sea leve), esperamos que resucite lo antes posible. Desde Maestras del Crimen rogamos una oración por sus almas. Señores (dos) que han escrito este titular y esta noticia entera (que hay que leer con una pinza en la nariz): la ginopia es la incapacidad para entender la experiencia femenina y esto que han escrito, además de adolecer de una absoluta ginopia, produce una doble victimización sobre una mujer cuyo sufrimiento en estos momentos es inimaginable para cualquiera que no haya estado en su situación. De verdad que esperamos que la próxima vez intenten no escribir artículos que culpen a las víctimas de los delitos que otros han cometido sobre ellas y que, de paso, se planteen por qué siempre que hacen esto, curiosamente, la víctima es una mujer. ¡Me cago en el Misterio!

El timo de la bola de cristal

Vemos que ahora no lo entienden, que no les entra en la cabeza cómo esta buena mujer (y las muchas otras) no anticiparon lo que iba a pasar cuando todo el mundo sabe que, si se vive con un maltratador, la cosa suele acabar fatal. Este titular es un se veía venir con la mano abierta. Incluso los redactores, que no sabían nada de esta pareja hasta que sucedieron los hechos, conocían cómo iba a acabar la historia desde antes de que el agresor le mandara el primer WhatsApp con un corazoncito a la víctima. ¡Es de sentido común! —dirán— o eso parece, pero, realmente, lo que está operando aquí es un sesgo retrospectivo como un castillo y la ayudita colosal que da el ver las cosas desde fuera.

Álex y Ástrid: el musical

Este artículo empieza así (ponemos foto para que la gente no piense que exageramos):     Verán, señores, esto no es una película ni una novela y Álex y Ástrid no protagonizan nada. Esto no es un crimen pasional ni el caso de una pareja amante del teatro que decidió llevar a la vida real una tragedia griega. Y, desde luego, Ástrid no es la coprotagonista de un caso de violencia vicaria. Es la víctima, junto con su hijo. Un matiz que es importante que se note. Álex es el sujeto activo y el único responsable del delito.

Presuntamente, dos cerebros piensan mejor que uno

¿De verdad es tan difícil de entender la presunción de inocencia? En 2016 Jéssica Fillol lo explicó con una claridad meridiana y se ha dicho ya más veces que el padrenuestro, pero no hay manera. Aquí la prueba de cargo:     Si hubierais visto nuestras caras al leer esto… ¿Acaso dudáis de que el hijo esté muerto? ¿Dudáis de que se catalogue como un asesinato? ¿Dudáis por amor a Descartes? ¿En qué cabeza cabe que el hijo esté presuntamente asesinado? Nosotras, la verdad, no entendemos cómo, siendo dos señores hechos y derechos, no habéis visto que esto estaba bastante fatal. Es comprensión básica del español: si colocamos mal la palabra «presunto», parece que alguien miente. La presunción solo hay que encasquetársela a la persona acusada o investigada, no a las víctimas (que nunca son presuntas). Es sencillo: «El asesinato del hijo de cinco años, presuntamente a manos del padre, y la agresión a la madre». ¿A que mola más así? Ya contestamos nosotras: Sí.

Las mujeres que no denunciaban a sus agresores

Antes de nada, queremos dejar clara una cosilla por si las moscas: denunciar o no hacerlo no mató al niño, lo hizo su padre y cuando las mujeres víctimas de violencia de género no denuncian no es porque no aprecien su vida o la de sus hijos e hijas. Lo de las denuncias que no se ponen o las denuncias retiradas que tanto juego les dan a los defensores del bulo de las denuncias falsas de violencia de género tiene una explicación que estaría bien conocer para no redactar titulares tan horrendos. Para empezar, hay que entender cómo funciona la ley penal en España (que si vamos a informar sobre delitos, pues no está de más, oye). No os vamos a amagar aquí con los recovecos oscuros del derecho, pero sí que hay algo que vendría bien entender: La dispensa del artículo 416 de la LECrim (lo que viene siendo la Ley de enjuiciamiento criminal, básicamente) elimina la obligación de declarar en el juicio oral a los familiares (y parejas) del encausado, incluso si fuesen estos los que han interpuesto la denuncia. Toda violencia de género y una inmensa mayoría de la violencia sexual suelen venir de la mano de parejas, familiares y amigos de las víctimas (¿cuál será entonces el lugar más inseguro para una mujer? Si no lo adivináis os lo contamos) y, por eso, muchas mujeres se niegan a declarar. Que por tu testimonio metan en la cárcel al hombre al que amas y padre de tus hijos es un gran peso que llevar sobre los hombros, ¿no os parece?

Pero hay más, mucho mucho más

Y ahora vamos al meollo de la cuestión: el entender qué le pasa a una mujer para no denunciar o no declarar incluso cuando te lo han puesto en bandeja como es el caso. Inciso: ojalá hubiera más vecinos así. ¿Cómo es que no encontramos artículos alabando la labor encomiable de este vecino y hablando de que la violencia machista es cosa de todos? No nos lo explicamos. Seguimos. ¿Qué clase de mujer demente no denuncia a su agresor cuando es obvio que este va a matar a su hijo dos años después? Pues veréis, almas de cántaro, cualquier mujer. Para entenderlo, vendría bien que resucitase un poco vuestra empatía, pero si aún sigue cadáver, con que uséis la lógica y el sentido común valdría. Las mujeres nos hemos educado en una cultura machista que nos ha enseñado desde niñas lo que se espera de nosotras: paciencia, tolerancia, comprensión…; nos han contado que lo más importante de nuestras vidas es el amor y que, a través de él, podemos reformar a cualquier hombre y ser las protagonistas de nuestro propio cuento de Disney. ¿Os suena La bella y la bestia? ¿Lo de que quien bien te quiere te hará sufrir? ¿Y los que se pelean se desean para irnos metiendo en vereda desde la infancia? Pues ese rollo. Pero, además de esta educación, las mujeres víctimas de violencia machista han convivido con un maltratador. Han amado a un maltratador. Y eso no significa que la vida sea habitualmente maravillosa y que reciban un par de tortas de vez en cuando. Significa que llevan encima un proceso de condicionamiento mental impresionante. Un maltratador, mucho antes de dar el primer golpe, se ha encargado de aislarlas y dejarlas sin vínculos sociales, las ha humillado tanto que les ha hecho creer que no valen para nada, que no son nada sin él, que son tontas, débiles, que están locas, que son despistadas, torpes, dependientes. Las han convencido de que nadie las querrá nunca como él. Y, tras cada paliza, les harán pensar que todo va a ir mejor a partir de ahora y que se arrepiente, que tiene un problema y que las necesitan, que es el alcohol, el trabajo, el dinero o lo que sea. Y luego, las convencerán de que son ellas las que han provocado que todo vuelva a pasar. También está el miedo. ¿Lo habíais pensado? Una víctima hace todo lo que está en su mano día tras día para no enfadar aún más a su maltratador y desarrolla todo un sistema de distorsiones cognitivas y un estricto autocontrol para explicar y controlar lo poquísimo que puede explicar y controlar de su vida. ¿Y si lo denuncio y luego se venga? ¿Y si no me creen? ¿Y si mi familia me rechaza? ¿Y si…? Sufrir violencia machista destruye la personalidad y la mente de las víctimas. Las destroza psicológicamente. Tal y como apuntó la socióloga Mary Romero en su estudio A comparasion between strategies used on prissioners of war and battered wives, el nivel de daño es semejante al que padece un prisionero de guerra. Y ahora, ¿podemos imaginar noticias ridiculizando a los prisioneros de guerra o a las víctimas de terrorismo?; ¿o campañas públicas diciéndoles que dejen de tener estrés postraumático y tomen el control de sus vidas? ¿Qué tal un titular insinuando que si hubieras denunciado antes a tus vecinos no te habría caído esa bomba?

Responsabilidad diluida

Otra de esas cosas que hace mucho (mucho) que se dice y no hay manera de que cale es que dar voz al «entorno» no suele traer nada bueno porque, desgraciadamente, la población a la que los medios preguntan no tiende a estar muy puesta en las causas subyacentes del crimen de turno. Quizá, si los medios informasen mejor, esto no pasaría. Está claro que al escribir esta noticia ese dato salió volando por la ventana de la redacción porque...     Un maltratador, que obviamente lo es, al menos, desde 2022 (cuando el maravilloso vecino va a denunciar), no es maltratador porque tenga adicciones. De ser así, todas las personas que beben alcohol o consumen sustancias estupefacientes pegarían a sus parejas. Las mujeres también, claro. ¿Y por qué solo a sus parejas? ¿Acaso no tienen estas sustancias la capacidad de desinhibir? Entonces…, ¿por qué contentarse solo con tu pareja cuando puedes pegar hasta al obispo? No, queridos, no intentemos echar balones fuera. Álex era un maltratador y eso no se lo causaban los estupefacientes, sino la misoginia, que siempre sienta fatal.  

Hedor amarillo

  Creemos que, como habéis estudiado periodismo, ya sabéis que este párrafo desprende cierto aroma. Os lo vamos a retocar. ¡La primera es gratis! 😉 «La portería de la vivienda familiar en Bellcaire dÉmpordà se ha convertido en un lugar de homenaje en recuerdo del niño. Mientras, su madre se recupera en el hospital de las graves lesiones infligidas por su expareja».

Pensadlo un poco la próxima vez, porfa

Un titular que explicase la confusión que se ha dado en este caso acerca de la existencia o no de denuncias previas por violencia machista y que no culpabilizase a la víctima podría ser el siguiente: «El hombre que asesinó a su hijo en Bellcaire no tiene antecedentes por violencia de género, pero sí consta una denuncia que interpuso un vecino en 2022». En el fondo, somos optimistas y sabemos que no está todo perdido. Aunque ahora no lo entendáis y os hayáis pasado tres pueblos con esta pobre mujer, os prometemos que si hacéis el curso de formación criminológica sobre violencia de género en Maestras del Crimen, todo esto os va a quedar clarísimo. Os lo recomendamos encarecidamente. Un besito.  

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